​La Tragedia de los montañistas en los Pirineos en el año 2001

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Todo empezó un sábado por la mañana, un 30 de diciembre de 2000, en el Pirineo de Girona.

Lucía un sol radiante. Un mañana perfecta para salir de excursión y subir al Balandrau, al norte de la comarca catalana del Ripollès.

El Balandrau es una montaña de 2.585 metros. Sus laderas son muy suaves y bastante llanas perfectas para la práctica del montañismo.

Según decían las previsiones, se avecinaba un temporal a media tarde, pero era imposible pensar que ese temporal se adelantaría hasta el punto de que atraparía a dos grupos de montañistas y amigos en el descenso.

Relato de los sucesos de la tragedia

Miralles, informático de 50 años y con mucha experiencia en la montaña, su mujer Maria Àngels, de 47 años y administrativa de Sanidad, y Pep Marí, por un lado.

Por otro lado, otro grupo de 5 personas compuesto por Josep Artigas, de 37 años, y su mujer Elena Fernández, de 36, Oriol de 37 y hermano de Elena además de brillante esquiador, y Josep Maria Vilà, el único superviviente, y su novia Mónica de 27 años y la persona con menos experiencia. Josep María y Mónica iban a casarse la siguiente primavera.

Todos ellos iban bien preparados y muy bien equipados para la ocasión. Llevaban sus mochilas con sus crampones y forros polares además de todas las provisiones necesarias.

Tal y como relata el propio Josep Maria Vilà en la entrevista que recientemente le hicieron en el programa de la radio catalana RAC1 “Islàndia”, nada podía hacerles presagiar aquella mañana lo que les esperaba horas después de haber alcanzado la cima. A aquella hora, el sol reluciente seguía dominando el cielo.

Aunque la entrevista es en catalán, vale la pena escuchar la historia en primera persona. El relato de Josep María explica perfectamente lo ocurrido y el horror vivido y pone los pelos de punta. En este link podéis escuchar la entrevista.

El balance final de la tragedia fue de 7 excursionistas muertos y sólo un superviviente.

Empieza la tormenta

Tras alcanzar la cima del Balandrau, Maria Àngels y Miralles, llamaron a su hijo para comunicarle que el día había sido magnífico y que descendían para acudir al restaurante de Camprodón que tenían reservado a las tres del mediodía.

Pero minutos después de esa llamada una tormenta inesperada torció cualquier plan.

Aquella súbita tormenta de nieve y viento provocó el desplome de la temperatura hasta los 20 grados centígrados bajo cero. Tal y como relata Josep María, todo fue de repente, sin ningún aviso.

Este tipo de ventisca, llamada Torb en catalán, es un viento extremadamente fuerte y con mucha carga de nieve.

En este caso, al levantarse la nieve con tal fuerza la visión quedó reducida a no más de medio metro.

También provocó un ruido ensordecedor que dificultó en extremo la comunicación entre los excursionistas.

Es fácil imaginar el miedo que debe provocar pasar de repente a un entorno apocalíptico con mucho frío, nula visibilidad y un ruido ensordecedor.

Para hacerse una idea del cambio drástico que vivieron, comentar que para aquella época del año, fin de año, durante la noche la temperatura alcanza unos valores negativos alrededor de los quince grados, pero con el dichoso Torb soplando a 120-140 km/h la sensación térmica pudo llegar a descender hasta los 30ºC bajo cero e incluso hasta los -40ºC. Evidentemente, en esa ocasión, nadie iba preparado para esas temperaturas.

Josep María cuenta que en un momento dado y en medio del caos, él y Elena encontraron a Oriol, hermano de Elena, sepultado de nieve hasta el pecho y a Mónica, novia de Josep Maria, con una pierna totalmente enterrada en la nieve.

A Mónica fue fácil ayudarla a salir de la situación, pero sin embargo, con Oriol la operación fue extremadamente compleja. Tuvieron que hacer un gran sobre esfuerzo durante varias horas para conseguir sacarlo de debajo de la aquella nieve tan compactada.

Fue Josep María quien, después de cavar en la espesa nieve varias horas, logró llegar a la fijación del esquí de Oriol y desabrocharla para, posteriormente, sacarlo de ahí.

Llegan los primeros síntomas de hipotermia

En aquel momento, después del monumental esfuerzo que habían llevado a cabo los alpinistas, Josep María recuerda cómo empezó a ser consciente de que sus compañeros empezaban a sufrir los primeros síntomas de hipotermia.

Uno de ellos son las alucinaciones. Y fue Josep el que, de pronto, comenzó a desabrocharse el anorak como si no hiciese frío.

Josep María se dio cuenta rápidamente de la situación e intentó abrochárselo de nuevo, notando que Josep ya no era muy consciente de la situación de extrema gravedad que estaban sufriendo.

En este punto, Josep María empieza a ser consciente de que todo está empeorando. La consigna, entonces, fue encontrar un desnivel para descender, pero el peligro era enorme ya que sabían que la zona estaba repleta de barrancos.

La separación del grupo y la despedida de Vilà y Mónica

En un punto dado en el descenso, a oscuras e intentando aguantar los azotes del Torb, Oriol se avanza para buscar ayuda y Josep Maria y Mónica siguen descendiendo juntos mientras que Elena se queda con Josep, que cada vez estaba más afectado por aquel frío.

Según Josep María, Elena y él eran los que, probablemente, mejor se encontraban. Todos los demás empezaban a presentar ya síntomas de desorientación y alucinaciones por el frío.

En aquellos instantes, lo único que Josep María tenía en mente era salir de allí y seguir el descenso, por lo que siguió cumpliendo la consigna de desnivel e ir descendiendo por toboganes que ni siquiera sabían cuán largos eran.

Al principio Mónica pudo ir por su propio pie pero llegó un momento en que Josep María se vio obligado a arrastrarla para seguir desplazándose juntos.

Al cabo de una hora aproximadamente ocurrió algo que a Josep María le hizo detenerse en seco: Mónica le preguntó quién era él.

En ese momento fue consciente de que debían cambiar la estrategia y parar.

Si hubiesen seguido descendiendo probablemente hubieran acabado matándose al caer contra alguna roca por el sobre esfuerzo que requería llevar a cuestas a Mónica.

Josep María encontró una roca y decidió quedarse tras ella como abrigo para parar el viento que les golpeaba con mucha fuerza.

Tanta fuerza que Josep María lo describe como hojas de afeitar. Pero en esos momentos, Mónica ya no estaba consciente ni respondía a las palabras ni a los estímulos. 

Fue entonces cuando Josep María se despidió de ella, le tapó la cara con el propio forro polar y la dejó sentada para que la encontrasen fácilmente. Ese fue su último gesto hacia ella.

Una historia de supervivencia

A partir de este momento, empieza la carrera a contrarreloj de Josep María para intentar luchar por su vida.

Tras despedirse de su novia, Josep María decidió comerse el bocadillo congelado que Mónica aún llevaba en su mochila, lo que le aportó un extra de energía, posiblemente crucial, en su lucha por salir de allí con vida.

Josep Maria decidió dejarse sepultar por la nieve colocándose en posición fetal al comprobar que debajo de la nieve la temperatura se recupera considerablemente.

En esa posición se quedó dormido. Al despertarse se dio cuenta de que el viento había dejado de soplar. Empezaba a salir el sol del nuevo y clareado día (31 de diciembre).

Fue entonces cuando decidió empezar a descender de nuevo, abandonando a Mónica en la roca donde habían pasado la noche.

Tras empezar el descenso y a pocos metros, Josep María encontró a Oriol fallecido, lo que le provocó estupefacción ya que creía que era el único que podía haber llegado a pedir ayuda.

En ese momento se dio cuenta de que el único que tenía alguna posibilidad de salvarse era él.

Ese 31 de diciembre quedó atrapado en una zona en la que los barrancos que debía saltar para continuar descendiendo, sin tener el equipo y material adecuado, eran demasiado altos como para no matarse.

Cuando cayó la noche y el sol desapareció, nuevamente las temperaturas volvieron a caer en picado.

Esta vez, Josep María no tuvo nieve para cubrirse, por lo que pasó la noche al raso escondido dentro de una pequeña falla de una roca.

El frío que pasó esa noche y durante el día 1 de enero fue extremo, estando su cuerpo expuesto a unas temperaturas alrededor de los treinta grados bajo cero sufriendo unos espasmos y temblores terribles acompañados de vómitos y mareos. En esas circunstancias moverse era ya una tarea titánica.

El Rescate

En su relato, Josep María comenta que si hubieran tardado unas horas más en rescatarlo, hubiera perdido la vida, y posiblemente razón no le falte. De hecho, ese día 1 lo vivió consciente de que había llegado su final.

Pero la fortuna aparece cuando menos la esperas. El helicóptero de salvamento, en su última vuelta de reconocimiento del día, hizo tanto ruido al sobrevolar la piedra donde estaba resguardado Josep María, que éste al oírlo encontró fuerzas suficientes para salir y hacerse visible. Afortunadamente, un equipo de rescate de bomberos lo vio. ¡Salvado!

Final.

Durante la tormenta, cayeron 5 ó 6 metros de nieve. Fue imposible localizar el último cuerpo sepultado por la nieve hasta el mes de marzo, cuando el deshielo lo permitió.

Josep María sufrió consecuencias tanto físicas como psicológicas, mucho más duras las segundas que las primeras, evidentemente. Tuvieron que amputarle tres dedos de un pie aunque este hecho no le impide a día de hoy hacer vida normal e incluso seguir practicando el montañismo.

Las consecuencias psicológicas fueron peores. Le costó varios años de esfuerzo quitarse de encima un sentimiento de culpa muy fuerte. No entendía qué hizo él para salvarse que no hizo por los demás.

No fue hasta 2013 cuando Josep María se vio con fuerzas para volver a coronar el Balandrau y recorrer otra vez sus senderos, reconociendo todos los lugares por los que vivió aquella terrible tragedia.

Volvió a pasar por las mismos rutas que recorrió los días de la excursión como manera de superar su duelo. Reconoció todos y cada uno de los puntos, la roca donde dejó a Mónica, el punto donde encontró a Oriol, y así uno tras otro.

Todos sabemos que la práctica del montañismo conlleva sus riesgos pero lo vivido por estos grupos de montañeros no entraba en la mente de ningún excursionista experimentado. Sin embargo, siempre podemos llevar a cabo acciones que nos ayuden a reducir el riesgo, como te explicamos en este artículo.